lunes, 13 de agosto de 2018

No soy un hombre




Don Juan
Picaresco
Camiseta de macarra
Con mano fria
Hombre de hielo
Cabernícola beligerante
Bien, si es eso lo que hace falta para describir a un hombre
No soy un hombre

Chanchullero
Moviendo los hilos
Casanova
Macarrones con carne
Ah, pero yo solo

Bien, si es eso lo que hace falta para describir a un hombre
No soy un hombre

No soy un hombre
Soy algo mucho más grande y mejor que un hombre
Listillo sabelotodo
Adicto al trabajo
Insensible
Agresivo
Hombre, !OLE¡
Bien, si estos son los adjetivos que utilizas para describir a un hombre
Tiemblo
!Mírame¡, estoy temblando
Verdadero valor, genuino
Loco asesino
Muy masculino por tu parte
Eres el soldado que no llegará a viejo
Eres el psicópata que firmó para alistarse
Engulle, zámpate un buen chuletón de buey, engulle
Cancer de próstata
Maneras de sentarse y maneras de estar de pie
No soy un hombre
No soy un hombre
No soy un enorme jugador de hockey como un armario riendo
No soy un hombre
Nunca mataría o me comería un animal
Y nunca destrozaría este planeta en el que vivo
Bien, ¿Qué me dices?, ¿Soy un hombre?


domingo, 12 de agosto de 2018

Los dinosaurios en la empresa

No sé si necesitamos más pruebas para darnos cuenta de que en la sociedad actual, no digo la de otros países; pero al menos la española, tiene muchos prejuicios contra la edad. Ese prejuicio e indiferencia hacia la experiencia laboral de una persona, se ve claramente en el entorno laboral. Las empresa, sean grandes o pequeñas, tratan a la gente de cierta edad como reacios a asumir riesgos y a la flexibilidad. En el entorno de muchas empresas, la gente ya madura puede sentir que se van erosionando poco a poco dentro de la empresa.

Muchos nos vamos dando cuenta de la edad que ya tenemos, pero no solo la edad biológica sino también la social. Por mucho que intentemos modificar nuestro aspecto, por muchos tatuajes que nos pongamos para sentirnos más jóvenes, más a la moda, más cool, la edad está ahí; socialmente en muchos aspectos, uno está fuera de juego.

En el entorno laboral, los trabajadores de más edad abandonan el barco mucho antes de estar mentalmente o físicamente incapacitados, por no hablar de los que llegan a la cincuentena en peores condiciones que los que están a punto de jubilarse.


En el siglo XIX, se prefería la mano de obra joven, simplemente porque era barata. Los jóvenes trabajaban por unos salarios bastante más bajos que los de los adultos. Esta situación no ha cambiado y la relación entre juventud y salario bajo está al orden del día. Pero el salario bajo no es el único de los atractivos que atrae a los empresarios. La empresa está convencida de que los trabajadores ya con muchos años a sus espaldas tienen modos de pensar inflexibles y son reacios al riesgo, además de carecer de la energía física, brío y empuje necesario para hacer frente a las exigencias de la empresa. En muchas profesiones, después de cierta edad, se puede decir que estás muerto. Muchos empresarios piensan que si tienes más de cincuenta, laboralmente estás acabado, independientemente de toda la experiencia laboral que hayas acumulado a tus espaldas.

La flexibilidad en el entorno laboral es sinónimo de juventud, mientras que la rigidez es sinónimo de vejez. En muchas empresas, el binomio edad-rigidez explica muchas de las presiones que las empresas ejercen sobre sus ejecutivos para que se retiren cuanto antes. Por otro lado, la gente con más años y experiencia a sus espaldas, tienden a ser más críticos con sus superiores, que los que están empezando; están más dispuestos a criticar las decisiones tomadas; vamos, que no se muerden la lengua. Los jóvenes toleran más las decisiones y si no les gustan, se marchan; no están dispuestos a pelear dentro de la empresa ni tampoco por ella. Para los estrategas de la empresa, la flexibilidad de los jóvenes les hace más maleables en términos de riesgo y sumisión.

Muchos trabajadores mayores están hasta las mismísimas pelotas de aguantar tonterías años y años (me incluyo yo en este grupo), pero son demasiado mayores para mover el culo y conseguir trabajo en otro sitio. Trabajo en una gran empresa y doy fe de ello. Muchos de estos trabajadores ya son cadáveres laborales con formación obsoleta que no tendrían un hueco en el mercado laboral actual.
Si hablamos de un campo como el de la informática y las telecomunicaciones, los conocimientos adquiridos hace una década no sirven para nada y muchos ya son demasiado viejos para reciclarse y volver a empezar.

En la empresa, los trabajadores mayores se quedan, los jóvenes que pueden se marchan en cuanto se les presenta una oportunidad; la lealtad a la empresa se la trae floja.

El paso del tiempo nos da miedo. Toda la experiencia que hemos acumulado, la vemos como algo ya pasado de moda y esta visión lo único que hace es poner en peligro la valoración que tenemos de nosotros mismos.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Consumo, luego existo

Soy yo el único que piensa cuando pisa un centro comercial: “¿Qué narices hacen estas familias con los niños aquí encerrados?”. Y es que ya desde pequeñitos se enseña a los niños que el consumo en sí es ocio y que sin consumo no puede haber ocio.

En 1899 un señor llamado Thorstein Veblen escribió su obra: La Teoría de la Clase Ociosa. Ya en esa fecha se podía apreciar en la sociedad de aquella época, la unión que existía entre el ocio y el consumo. Para este señor, el ocio ya no era algo propio de la nobleza o la aristocracia. La burguesía queriendo imitar a los que tenían pasta, lo hacía a través del consumo como fuente de ocio.

El autor distinguía el consumo a través del que la burguesía del siglo XIX imitaba a la antigua nobleza, del consumo ostentoso, en el que el ocio se identifica con el consumo de artículos de lujo u objetos inútiles y cuyo valor se mide por el precio que se ha pagado por ellos. En este nivel, el burgués no consume sino para demostrar a los demás su nueva condición, esto es algo que sigue sin pasar desapercibido hoy en día solo que ahora se ha democratizado el consumo y cualquier currito cobrando un sueldo mediocre puede aspirar a conducir un BMW. A partir de ese momento el ocio se constituyó como un símbolo de clase, un medio para intentar conseguir más estima; ser socialmente más válido o no ser menos que los demás.

El ocio se asociará al consumo y el tiempo libre que no implique gastos será considerado como perjudicial para el mercado y el que no lo lleva a cabo un “pringao”.  ¿Quién se reúne con los amigos para dar un paseo y charlar sin más? Pues no, quedamos en centro comerciales para ir de compras, en bares, cines, etc. El ocio se convierte en tiempo libre al servicio de la producción.

 
De las ochenta horas que se trabajaba al inicio de la revolución industrial, hemos pasado a las cuarenta horas de media actualmente y me quedo corto y ya puedes esperar sentado que te paguen las horas extra... Fue con esta reducción de la jornada que muchos empezaron a ver el fin del trabajo y el triunfo de la sociedad del ocio. Viendo como están las cosas en el siglo en que vivimos, no veo muy claro que la sociedad del futuro sea una sociedad con menos trabajo. Es innegable que cada día hay más tecnología que sustituye al trabajo humano, pero no consigo imaginar una sociedad donde la gente no trabaje y lo único que prime sea el ocio y la desocupación.

¿Quién es tan miope como para no darse cuenta de que lo que nos falta hoy en día es tiempo libre y lo que nos sobra es curro? ¿Cuáles pueden ser las causas?  Los gastos que genera el consumo, se pagan con los ingresos que recibimos a fin de mes. El ocio se reduce a tiempos limitados, con lo que se trabaja más para consumir más en menos tiempo. Lo que vivimos hoy en día es un consumo intenso en un tiempo de ocio escaso. Un consumo que proporciona una posición dentro de la sociedad. Incluso las vacaciones se convierten en un acontecimiento estresante: largas esperas en los aeropuertos, agenda de visita turística demencial, playas atestadas teniéndote que levantar a las 7 de la mañana para coger sitio, etc. Los pequeños resquicios de tiempo como un puente o un fin de semana se aprovechan al máximo.  

Como dice uno de mis héroes, José Mújica, ¿con qué pagamos todo ese consumo?  con nuestra vida. Ya sabemos que nadie muere por consumir, pero, ¿qué necesitamos para consumir? y ¿de dónde sale ese dinero?: de interminables horas de trabajo. 

jueves, 5 de julio de 2018

Orgullo ¿qué?


Ya sé que estaréis pensando “gay, gaaaayyyy, ¿con qué tontería me viene ahora esta?”. A ver, alguien puede estar orgulloso de haberse trabajado para ser mejor persona, haber conseguido con esfuerzo un logro, pero… ¿de su identidad sexual?. A los que seáis padres, sinceramente, ¿os imagináis diciendo a vuestro hijo/a “a mis brazos, me siento muy orgulloso/a de que seas gay, hijo/a?”, no, ¿verdad? Ser gay no hace ni mejor ni peor persona, por lo que la identidad sexual no es algo de lo que nadie debería sentirse orgulloso ni avergonzado.

Cuando en Madrid se dio la primera manifestación para la reivindicación de los derechos de los homosexuales, organizada por el Frente de Liberación Homosexual  de Castilla (Madrid aun no era una comunidad autónoma), en España aun era un delito el ser homosexual. De eso han pasado 40 años. 

Aspecto de la cabecera de la primera manifestación del Orgullo Gay que se celebró en Madrid el 28 de junio de 1978 - EFE

Por lo que puede verse en las fotografías de ese 28 de junio de 1978, los participantes no vestían de forma estrafalaria, ni bailaban, ni iban en carrozas, simplemente, reivindicaban los derechos que deben ser inherentes a todo ser humano. Desde entonces, en Madrid todos los años se fue sucediendo en verano esa manifestación, y dado que en 1979 dejó de ser delito en España el ser homosexual, muchos homosexuales fueron olvidando el verdadero espíritu de esa concentración anual y desvirtuando su objeto para ir convirtiéndolo en un show callejero de gays jóvenes a lo grande. Parece que se les ha olvidado que aun hay países en el mundo en los que ser homosexual sigue siendo delito y aun en algunos, incluso es motivo de pena de muerte, y que no hacen ningún favor a las personas homosexuales de esos países dando la imagen de que la homosexualidad implica ser una persona superficial que se pasea por la calle o va en una carroza en bañador, y de que además para ser valorado por la comunidad gay hay que estar musculado o como mínimo fibroso. Apartan a los mayores, a los que tienen tripa o a los que tienen arrugas, por muy homosexuales que sean.

No hay pancartas instando a la erradicación de pena de multa, cárcel o de muerte por ser homosexual en los países en los que aun se da esa situación; eso podría cortar el buen rollo, se está de fiesta. ¿Qué se está celebrando y qué se reivindica actualmente en la fiesta del Orgullo Gay en Madrid entonces, que uno puede bailar en bañador en lo alto de una carroza en una fiesta multitudinaria? Está muy bien celebrar que el colectivo gay ha conseguido derechos importantes, equiparándolos a los de los heterosexuales, pero cuando esa celebración ha pasado a ser mera diversión por la diversión, ya no hay objeto histórico de celebración, sólo hay una fiesta callejera, y en Madrid, de lo más superficial. 

Ni en Nueva York, ni en Londres ni en París los gays que participan en el desfile enseñan tanto torso y tanto trasero al desnudo como en Madrid. Al Ayuntamiento de Madrid le ha venido muy bien poner todos los medios a su alcance para la organización de ese tipo de fiesta porque fueron más de un millón de personas los turistas que estuvieron en la capital de España durante el Orgullo Gay en 2017, además, los turistas homosexuales gastan mucho más que los generales, así que, no le saldría a cuenta un programa más serio, más reivindicativo, más comprometido y más cultural, porque eso significaría menos fiesta y muchos menos turistas que se gasten el dinerito, por lo que cree que lo mejor es un programa que sólo incluya discursos jocosos, carrera en tacones, desfile y actuaciones musicales. 

¿Qué pensarían los homosexuales Federico García Lorca, Óscar Wilde, Patricia Highsmith (escritores), Michel Foucault (filósofo) o Alan Turing (matemático) si vieran el sarao que se organiza en Madrid sin un solo acto dedicado a las artes o al conocimiento en nombre de los homosexuales que han aportado en estos campos?

Me gustaría que el Orgullo Gay en Madrid no fuera sólo una fiesta en la que gays jóvenes, con cuerpos muy trabajados y muy expuestos, bailan y se llaman “maricón” entre ellos. Ser homosexual no implica ser superficial, hay muchísimos que no lo son, pero no están en esta fiesta por ser excluidos implícitamente. Hay todavía mucho que lograr en el mundo en cuanto a los derechos de los homosexuales, pero en el Orgullo Gay de Madrid eso apenas interesa, ha sido tragado por la fiesta.

martes, 3 de julio de 2018

La decepción del consumo

La sociedad materialista en la que vivimos no ha dejado nunca de ser criticada por la gran mayoría de los intelectuales. Ya en su día, Rousseau acusaba al lujo y las comodidades de la vida de corromper las costumbres y virtudes del ser humano. Desde la antigüedad los grandes pensadores han expresado su descontento con una cultura vulgar que se dedica a hacer triunfar las pasiones más mediocres. Estos pensadores han calificado el capitalismo del consumo como el opio del pueblo, como una máquina que no deja de crear falsas necesidades (necesitas tener el último modelo de móvil de la manzanita para pertenecer al grupo de los exclusivos) así como soledad y pasividad por tener que consumir ciertos productos para no estar fuera del grupo.  Si eres una persona adulta y no tienes coche, simplemente porque no lo necesitas, ya se te mira raro y se te hace todo tipo de preguntas. La gente no entiende que no lo necesites. Piensan que no puedes permitírtelo y si te lo puedes permitir y no lo tienes, algo no les cuadra.


La sociedad de la opulencia es incapaz de contentar al ser humano. Promete un paraíso de goces, pero el materialismo no deja de crear frustraciones y decepciones en la inmensa mayoría. Opulencia material frente a un déficit de felicidad, ¿Quién no ha visto al típico jefe con mucha pasta y amargado? Cada vez se consume más pero se vive menos, cuanto más se desatan los apetitos consumistas, más aumenta las insatisfacciones de la gente. El nivel de vida se eleva pero viendo como está la gente hoy en día, en lugar de ver alegría y entusiasmo,  se ve más bien insatisfacción en la mayoría de los ciudadanos. ¿Por qué ocurre esto?, ¿Por qué el consumidor se siente cada vez más frustrado y descontento? Las respuestas las podemos encontrar en las teorías planteadas en su día por dos teóricos del consumo: Scivor Scitovsky y A. Hirschman.

Según el economista americano Scitovsky, esta frustración tiene su origen en un deseo de probar experiencias variadas, de cambio y novedades contantes, ya que éstas son nuestras fuentes principales de satisfacción. Scitovsky distingue el placer como un elemento positivo, frente al confort como un elemento negativo. Según él, al placer siempre lo debe preceder la falta de confort, esto vendría a decir que para poder disfrutar del calor de una buena calefacción, hay que tener frio, igual que para disfrutar de una buena comida hay que tener hambre. Para él, el hombre es incapaz de vivir en un confort completo y gozar al mismo tiempo de un gran placer. Por lo tanto lo que se plantea es un conflicto entre el confort y el placer. Quizás de ahí procede la insatisfacción de mucha gente, que gozando de un nivel de confort alto, son incapaces de encontrar placer en nada, mucho menos en las pequeñas cosas de la vida como un paseo por el campo, una taza de café con un buen libro o un buen disco.

Yo creo que todos nos hemos dado cuenta ya de que las comodidades de las que gozamos hoy en día proporcionan satisfacción al principio, eso es innegable, luego ya es otra historia. La gran mayoría acaban cayendo en la rutina, pues es innegable que lo que se goza con regularidad se vuelve cada vez menos atractivo, es algo que ya damos por hecho y a lo que cada vez le prestamos menos atención. Ese coche que compramos flamante y que mantenemos limpito hasta que empezamos a cansarnos de él. Ya limpiarlo no es tan divertido, ¿verdad?, ahora es una molesta obligación. Y es que las cosas pesan, hay que dedicarles demasiado tiempo y es justamente lo que hoy en día no nos sobra: trabajo, casa, hijos, etc. 

¿Hay alguien que todavía no se haya dado cuenta de que vivimos en una sociedad donde se privilegia el confort material, donde se busca a toda costa el ahorro de tiempo y la eliminación de cualquier esfuerzo físico? Una sociedad donde aparecen nuevos hábitos que impulsan a los individuos a pasar de la búsqueda de placer a la evitación del sufrimiento.

Resulta también interesante la postura de Hirschman al respecto. Él pone el énfasis en la decepción como un elemento inherente al ser humano. Como ésta es inherente al ser humano y toda la serie de bienes materiales son incapaces de aportar las satisfacciones que se esperan de ellos, la experiencia consumista se convierte en el origen de multitud de desengaños. Para Hirschman, los bienes no duraderos como beber y comer aportan placeres intensos y son indefinidamente renovables mientras que los bienes duraderos son propensos a la decepción puesto que no causan placer más que en el momento en el que se adquieren, después se dan por sentado y no se piensa más en ellos; dejan de producir placer al poco de empezar a usarse.

Resumiendo, la adquisición de bienes duraderos deja tras de sí una estela de decepciones y frustraciones que bien podría cuadrar con el espíritu de esta época donde el individuo se siente decepcionado con la política, el trabajo, la pareja, los medios de comunicación, etc.   

lunes, 11 de junio de 2018

Otra manera de vivir

En este artículo, me gustaría presentaros a un personaje, del que después de leer su historia pensaréis que no está muy bien de la cabeza. Es lo que ocurre cuando no compartimos la forma de vida de ciertas personas, a las que las tachamos de excéntricos, locos, inmaduros, infantiles y una larga lista de adjetivos; simplemente porque su forma de vida, sus actitudes, sus aficiones o sus gustos no encajan dentro de lo que venimos a llamar “la norma”. Eso es lo que ocurre con Dag Aabye, un anciano nacido en Noruega de 76 años que vive en la zona montañosa de Vernon (Canada). La mayor parte del año vive en una caseta de jardín que él mismo se encargó de transportar montaña arriba hasta un lugar remoto en la montaña. Su hogar no tiene ni agua, ni electricidad ni mucho menos llega el servicio de telefonía. Se localiza, más o menos, a una hora a pie de la carretera más cercana y por un camino que solo él sabe cómo encontrar. Sube y baja regularmente durante la semana por este camino. Toma el transporte público para llegar hasta el pueblo donde carga su mochila con alimentos que cocinará al fuego de una hoguera.


Es uno de los participantes asiduos de lo que se conoce en Alberta (Canada) como la Carrera Mortal (Death Race). Una carrera de ultrafondo de 125 km por montaña y unos 5200 metros de desnivel positivo. Por lo que he podido leer, ya solo el hecho de terminar la carrera es una auténtica proeza, el hacerlo con 70 años es asombroso.

Dag es una persona bastante difícil de localizar. Su nombre no figura en ningún sitio, no tiene una dirección fija, ni teléfono móvil o dirección de correo. Lo curioso es que para alguien que vive aislado en la montaña, tiene bastantes amigos.

La periodista Charlotte Helston tras meses de búsqueda, consiguió hacerle una entrevista que se publicó en infonews.ca con el título “The Free Life – and Lives – of Dag Aabye”. Suele frecuentar el Roster Sports Club Bar and Grill, un bar situado en Vernon.

Son alrededor de unas 30 veces, según Dag, las que ha estado cerca de la muerte, una de ella en una avalancha que casi le cuesta la vida y que fue portada del periódico canadiense Vancouver Sun al día siguiente del suceso. Casi toda su vida ha estado buscando retos y siempre ha sido un “culo inquieto”.

1.88 metro de altura y delgado como una estaca, no le sobra ni un solo gramo de grasa. Un pelo blanco a la altura de la barbilla que el mismo suele contar.

Durante el invierno, se muda a un autobús escolar abandonado, pero en cuanto puede, regresa a su retiro en el bosque del Valle de Okanagan. Lleva años trabajando en ello, poco a poco llevando cosas y construyendo una red de caminos por donde entrenar. Vive como un auténtico rey, según él, con una pequeña pensión y sin los típicos gastos que conlleva un alquiler, coche, facturas de teléfono, luz y demás. Cuando la gente le pregunta cómo le va, el contesta que es el hombre más afortunado del mundo y que da gracias por tener tanto.

El sendero que conduce hasta su campamento cruza praderas y pasa cerca de un arroyo donde Dag recoge agua y lava la ropa.

No ha sido un “mindundi”, ni procede de un entorno pobre. En su juventud fue profesor de ski y en los 60 trabajó como actor de doblaje. Llego a compartir reparto con Sean Connery en la película de James Bond Goldfinger. Más tarde apareció en películas sobre ski. Fue considerado el padre del estilo libre en ski.

Dag sigue ignorando su edad e intentando alcanzar los límites de lo que es capaz. Dice que nunca visita al médico ya que nunca está enfermo: “Me niego a ser parte de un grupo de edad donde se supone que tú tienes que hacer cosas de acuerdo a tu edad. Sigo intentando descubrir dónde está mi límite.” Entrena a diario para la Death Race que se celebra anualmente en el mes de agosto en Alberta.

Apenas tiene posesiones, exceptuando fotos antiguas, recortes de periódico, cartas de sus hijos (tiene 3) y una pequeña colección de libros. Dice no sentirse solo en la montaña y estar siempre ocupado haciendo cosas. Se levanta a la 4:30 de la madrugada todos los días y pasa el resto del día corriendo, recogiendo leña, leyendo y limpiando los caminos por los que entrena:

“Te conviertes en una persona que disfruta de tu propia compañía”

Desde bien pequeño ha estado acostumbrado a vivir en la naturaleza. Nació en una granja en Sigdal (Noruega). Sus padres le permitían pasar la noche solo en una cabaña que poseían la familia cerca de su casa. Desde niño ha amado la libertad igual que la ama ahora:

“Una de las cosas más bonitas de la vida, uno de los dones más preciosos que tenemos es el tiempo. Veo mucha gente malgastando su tiempo. Hay una canción que dice  que la vida fluye como un río y que si pones algo en ella se lo lleva la corriente. Porque el tiempo no regresa. Me pregunto si la gente lo ve de esa manera.” 

Lo cierto es que no hay mucho que deprima a Dag. No ha vuelto a tener coche desde el día en que se lo robaron. Dio gracias al ladrón por haberle hecho el favor. Si quiere ir a algún sitio utiliza el transporte público: “Yo a los coches les llamo enormes sillas de ruedas”. Hace muchos años que no tiene televisión, prefiere sentarse a leer libros, correr por la montaña y pasar tiempo en la naturaleza.

Estoy convencido de que para mucha gente, la forma en la que vive este hombre es de no estar muy bien de la cabeza, aunque también estoy convencido de que para él la vida de mucha gente es una auténtica locura, no sólo para él, también para mí. Es de alguien loco ser un anciano y querer pasar el resto de tu vida corriendo por la montaña, pero es de cuerdos dar vueltas con el coche por el aparcamiento del centro comercial intentando encontrar sitio lo más cerca de la puerta o ver a todo el mundo en el metro con la cabeza pegada a sus móviles, para él eso no es vivir, es cautividad.

Parte de este artículo ha sido adaptado a partir del publicado por Chalotte Helston en infonews.ca con el título: “The free life – and lives – of Dag Aabye”.

Me gustaría saber cual es vuestra opinión sobre esta forma de vida. ¿Es un loco?, ¿un excéntrico? ¿No la compartís pero la respetáis?

Os dejo una pequeña película que se hizo sobre él y que esá disponible en YouTube. Está en inglés y que yo sepa no hay versión subtitulada. Para los que no tengais nivel de inglés como para entenderlo, al menos el video os dará una visión de como vive este personaje.





viernes, 1 de junio de 2018

Dinero a cambio de neurosis


Es viernes por la tarde, y como cada vez que empieza el fin de semana, estoy hecho polvo de tanto madrugón, tanto curro y tanto viaje de ida y vuelta del trabajo. Para mí, como para muchos de vosotros, el trabajo es en parte una fuente de miserias.

Muchos de los males que existen en este mundo proceden del trabajo o de vivir una vida diseñada en función del trabajo. Pero yo me pregunto: “¿Es posible dejar de trabajar para acabar con esto?”. ¿A quién no le gusta zanganear un poco y tener más tiempo para disfrutar de las cosas que de verdad nos gustan?. A ver, no me malinterpretéis, no estoy defendiendo la gandulería. Es importante gandulear de vez en cuando, pero siempre hay que alternarla con otros placeres, aficiones o inquietudes, por ejemplo, yo disfruto saliendo a la montaña, entre otras muchas cosas. Tampoco estoy hablado de ocio, que es tiempo del que disponemos cuando no trabajamos y que solemos emplear, lamentablemente, en recuperarnos del trabajo y para muchos como yo, y puede que como vosotros, en intentar olvidarnos de este. Lo cierto es que después de las raquíticas vacaciones de las que podemos gozar, a veces volvemos al entorno laboral hechos polvo, tanto física como emocionalmente. Muchos (no es mi caso y quizás tampoco el vuestro), están deseando regresar al curro. Al menos en el trabajo la crispación se remunera, ¿no os parece?

Está claro que casi nunca trabajamos como un fin en sí, sino para obtener algún beneficio, que siempre es monetario; nos acabamos vendiendo por un sueldo a fin de mes. Como muchos de vosotros, yo también trabajo en una empresa donde tengo que soportar ciertas formas de vigilancia que aseguran la sumisión, donde la mayoría de las veces realizamos tareas que no nos interesan ni lo más mínimo. Las poquitas veces que me asignan una tarea algo interesante, me acabo cansando de repetirla una y otra vez; son tediosas y monótonas. Lo cierto, y no me lo negaréis, es que son una carga insoportable tener que realizarlas cuarenta horas a la semana y sin mucho margen para opinar sobre éstas o hacer alguna contribución para mejorarlas; sí, sí, tú intenta hacerlo, a ver qué pasa… Creo que el mundo del trabajo está lleno de ineptitud burocrática, donde jefes estúpidos, en su mayoría, suelen explotarnos como empleados, y, en muchos casos, convertirnos en sus chivos expiatorios. Supongo que en este momento, por vuestra cabeza, estará pasando la última bronca que os comisteis sin motivo…



Bajo lo que ellos entienden por disciplina, hay una serie de variadas humillaciones que muchos tenemos que aguantar; si es que a veces hay que tener unas tragaderas más grandes que el desagüe de la piscina grande del Aquopolis. La disciplina en el trabajo se resume en los controles que se ejercen en este: vigilancia, imposición del ritmo de trabajo (“Esto lo quiero como muy tarde para mañana”), trabajo repetitivo, etc. Esta disciplina se parece mucho a la del colegio o la del instituto en los ochenta, donde la disidencia y la desobediencia se castigaban.

Quizás a muchos os duela lo que voy a decir, porque en cierto modo os identificáis, pero en muchos puestos de trabajo, un empleado es un esclavo a tiempo parcial. Ya lo dijo el viejo Cicerón en su día que quien entrega su trabajo a cambio de dinero, se vende a sí mismo y se sitúa entre las filas de los esclavos. Muchos tenemos un jefe que marca cuando tenemos que llegar y cuando irnos y las tareas que debemos realizar; impone la cadencia de trabajo y en ocasiones se toma la libertad de llegar a extremos que pueden resultar humillantes, por ejemplo: la ropa que puede llevar puesta en el lugar de trabajo (“Esa camiseta de Iron Maiden, ¡fuera!”), la frecuencia con la que debes ir al lavabo (“He tenido que abrir yo la puerta porque no estabas en tu puesto, ¿es que estás con cistitis?”). Un jefe que nos puede despedir por cualquier motivo o… ¡qué leches... si no hace falta motivo!. Tiene esbirros que se pueden encargar de vigilarnos y recabar información de cada uno de nosotros, cual portera en un edificio de viviendas. Ni se nos ocurra dar una mala contestación o contradecir una decisión tomada por él, es visto como una insubordinación, vamos, como si fuéramos niños pequeños. Este control lo aguantamos tanto hombres como mujeres a lo largo de las interminables jornadas laborales y durante la mayor parte de los años que dura nuestra maravillosa vida laboral. Deprimente. 

Luego está la gente que se cree ser libre; ¡ay, qué risa, tía Luisa! O mienten o no tienen ni idea del significado de la expresión "ser libre". Las personas que han tenido una vida sometida a demasiado control, entregados al trabajo en cuanto han acabado la universidad y después encorsetados por la familia, se encuentran psicológicamente esclavizadas, tienen poca autonomía y mucho miedo a la libertad (y esto da para mucho, ya hablaremos sobre el tema en otros artículos). Muchos padres se encargan de transmitir a sus hijos esa disposición para obedecer a ciegas en el trabajo.

Siempre me he planteado esta cuestión, y aquí me pongo serio: si dicen que somos lo que comemos o lo que escuchamos, ¿también somos lo que hacemos? Si yo hago un trabajo aburrido, estúpido y monótono, lo más probable es que acabemos siendo como una seta, aburridos y monótonos. “El entendimiento de la mayoría de los hombres está necesariamente moldeado por sus ocupaciones habituales. El hombre que pasa su vida realizando algunas operaciones simples, carece de cualquier ocasión de ejercer su entendimiento. Suele volverse tan estúpido e ignorante como le es posible a un ser humano” (Adam Smith).

Me quedé pasmado cuando vi en Internet las estadísticas de la gente que muere a causa del trabajo. En EEUU mueren cada año entre catorce mil y veinticinco mil trabajadores. Luego están los que sufren accidentes laborales todos los años, de los que muchos quedan discapacitados, y los que sufren enfermedades relacionadas con el trabajo. Muchos empleados se matan a trabajar toda su vida para a los cincuenta y tantos reventar, debido a infartos, ictus, etc., pues tanto el cáncer como muchas enfermedades cardiacas son dolencias que pueden atribuirse de forma directa o indirecta al trabajo. Espero no terminar yo así, ¡por la gloria de mi madre…!