Es viernes por la tarde, y como cada vez que empieza el fin de semana, estoy hecho polvo de tanto madrugón, tanto curro y tanto viaje de ida y vuelta del trabajo. Para mí, como para muchos de vosotros, el trabajo es en parte una fuente de miserias.
Muchos de los males que existen en este mundo proceden del trabajo o de vivir una vida diseñada en función del trabajo. Pero yo me pregunto: “¿Es posible dejar de trabajar para acabar con esto?”. ¿A quién no le gusta zanganear un poco y tener más tiempo para disfrutar de las cosas que de verdad nos gustan?. A ver, no me malinterpretéis, no estoy defendiendo la gandulería. Es importante gandulear de vez en cuando, pero siempre hay que alternarla con otros placeres, aficiones o inquietudes, por ejemplo, yo disfruto saliendo a la montaña, entre otras muchas cosas. Tampoco estoy hablado de ocio, que es tiempo del que disponemos cuando no trabajamos y que solemos emplear, lamentablemente, en recuperarnos del trabajo y para muchos como yo, y puede que como vosotros, en intentar olvidarnos de este. Lo cierto es que después de las raquíticas vacaciones de las que podemos gozar, a veces volvemos al entorno laboral hechos polvo, tanto física como emocionalmente. Muchos (no es mi caso y quizás tampoco el vuestro), están deseando regresar al curro. Al menos en el trabajo la crispación se remunera, ¿no os parece?
Está claro que casi nunca trabajamos como un fin en sí, sino para obtener algún beneficio, que siempre es monetario; nos acabamos vendiendo por un sueldo a fin de mes. Como muchos de vosotros, yo también trabajo en una empresa donde tengo que soportar ciertas formas de vigilancia que aseguran la sumisión, donde la mayoría de las veces realizamos tareas que no nos interesan ni lo más mínimo. Las poquitas veces que me asignan una tarea algo interesante, me acabo cansando de repetirla una y otra vez; son tediosas y monótonas. Lo cierto, y no me lo negaréis, es que son una carga insoportable tener que realizarlas cuarenta horas a la semana y sin mucho margen para opinar sobre éstas o hacer alguna contribución para mejorarlas; sí, sí, tú intenta hacerlo, a ver qué pasa… Creo que el mundo del trabajo está lleno de ineptitud burocrática, donde jefes estúpidos, en su mayoría, suelen explotarnos como empleados, y, en muchos casos, convertirnos en sus chivos expiatorios. Supongo que en este momento, por vuestra cabeza, estará pasando la última bronca que os comisteis sin motivo…
Bajo lo que ellos entienden por disciplina, hay una serie de variadas humillaciones que muchos tenemos que aguantar; si es que a veces hay que tener unas tragaderas más grandes que el desagüe de la piscina grande del Aquopolis. La disciplina en el trabajo se resume en los controles que se ejercen en este: vigilancia, imposición del ritmo de trabajo (“Esto lo quiero como muy tarde para mañana”), trabajo repetitivo, etc. Esta disciplina se parece mucho a la del colegio o la del instituto en los ochenta, donde la disidencia y la desobediencia se castigaban.
Quizás a muchos os duela lo que voy a decir, porque en cierto modo os identificáis, pero en muchos puestos de trabajo, un empleado es un esclavo a tiempo parcial. Ya lo dijo el viejo Cicerón en su día que quien entrega su trabajo a cambio de dinero, se vende a sí mismo y se sitúa entre las filas de los esclavos. Muchos tenemos un jefe que marca cuando tenemos que llegar y cuando irnos y las tareas que debemos realizar; impone la cadencia de trabajo y en ocasiones se toma la libertad de llegar a extremos que pueden resultar humillantes, por ejemplo: la ropa que puede llevar puesta en el lugar de trabajo (“Esa camiseta de Iron Maiden, ¡fuera!”), la frecuencia con la que debes ir al lavabo (“He tenido que abrir yo la puerta porque no estabas en tu puesto, ¿es que estás con cistitis?”). Un jefe que nos puede despedir por cualquier motivo o… ¡qué leches... si no hace falta motivo!. Tiene esbirros que se pueden encargar de vigilarnos y recabar información de cada uno de nosotros, cual portera en un edificio de viviendas. Ni se nos ocurra dar una mala contestación o contradecir una decisión tomada por él, es visto como una insubordinación, vamos, como si fuéramos niños pequeños. Este control lo aguantamos tanto hombres como mujeres a lo largo de las interminables jornadas laborales y durante la mayor parte de los años que dura nuestra maravillosa vida laboral. Deprimente.
Luego está la gente que se cree ser libre; ¡ay, qué risa, tía Luisa! O mienten o no tienen ni idea del significado de la expresión "ser libre". Las personas que han tenido una vida sometida a demasiado control, entregados al trabajo en cuanto han acabado la universidad y después encorsetados por la familia, se encuentran psicológicamente esclavizadas, tienen poca autonomía y mucho miedo a la libertad (y esto da para mucho, ya hablaremos sobre el tema en otros artículos). Muchos padres se encargan de transmitir a sus hijos esa disposición para obedecer a ciegas en el trabajo.
Siempre me he planteado esta cuestión, y aquí me pongo serio: si dicen que somos lo que comemos o lo que escuchamos, ¿también somos lo que hacemos? Si yo hago un trabajo aburrido, estúpido y monótono, lo más probable es que acabemos siendo como una seta, aburridos y monótonos. “El entendimiento de la mayoría de los hombres está necesariamente moldeado por sus ocupaciones habituales. El hombre que pasa su vida realizando algunas operaciones simples, carece de cualquier ocasión de ejercer su entendimiento. Suele volverse tan estúpido e ignorante como le es posible a un ser humano” (Adam Smith).
Me quedé pasmado cuando vi en Internet las estadísticas de la gente que muere a causa del trabajo. En EEUU mueren cada año entre catorce mil y veinticinco mil trabajadores. Luego están los que sufren accidentes laborales todos los años, de los que muchos quedan discapacitados, y los que sufren enfermedades relacionadas con el trabajo. Muchos empleados se matan a trabajar toda su vida para a los cincuenta y tantos reventar, debido a infartos, ictus, etc., pues tanto el cáncer como muchas enfermedades cardiacas son dolencias que pueden atribuirse de forma directa o indirecta al trabajo. Espero no terminar yo así, ¡por la gloria de mi madre…!
